martes, 9 de enero de 2018

Día 8: Borracha.

La mirada se perdía en el fondo de un vaso. 
Frente a ella se ahoga un recuerdo, queda sólo un gusto acre en la garganta, un poco seca y quemada por el vino, el vodka, el whisky, la caña y el ron. 
Sabía que mañana tendría varias botellas martillándole la cabeza pero lo importante era ese momento de levedad y dulce olvido.
Aunque a veces el olvido no era nada dulce, a veces el alcohol nos desviste de toda cordura y nos encierra en una habitación en la oscuridad de nuestros temores. A veces despierta las furias y escupe bilis en la cara de amigos y enemigos. A veces, como cadenas, nos restringe la voluntad hasta convertirnos en monigotes del deseo retorcido de quienes nos rodean.
Ella sabía de la violencia que habita en los corazones, la violencia que corroe la médula de los hombres. Aquellos que dicen no poder contenerse para no revelar que en verdad no quieren.
La violencia la había encontrado exangüe en sillones, en veredas, en la parte trasera de autos de tipos que prometían cuidarla de otros mas no de sí mismos.
La muerte misma le había besado la comisura de los labios en más de una ocasión, mientras su mirada se perdía en el fondo de la botella.
Había saboreado la destrucción en un vaso colmado de lujuria y alcohol. 
Suavemente le baja la garganta y le susurra al oído que mañana esto también será un mal recuerdo.

viernes, 5 de enero de 2018

Día 7: Hermana.

Su mundo era más bien silencioso, el ruido de afuera le aturdía un poco. Como un ruido blanco que termina por trastornar. 
El silencio es alegría; la soledad, satisfacción.
No era precisamente una persona gregaria, lidiar con otros seres humanos era su infierno personal. L'enfer c'est les autres.
Adornaba su silencio con canciones, escuchando una y otra vez casi las mismas músicas. 
Así evita burlas y palabras soeces. Se recluía en la canción.
Pero detrás del decorado el mundo exterior seguía con su ritmo y sus colisiones. 
Ella se encerraba en el baño a sacarse unas lágrimas a ritmo de punk, se besaba la piel con cuchillas, se lamía las heridas.
No se sabía oída ni observada, pero ciertas miradas la seguían, ciertos oídos buscaban cualquier palabra que pudiera ser usada en su contra, como si su sola existencia no fuera suficiente tormento.
Un día esos oídos y ojos se transformaron en manos que sostenían su cabeza en el inodoro y, entre risas nefastas, cada tanto tiraban de la sisterna.
Así el mundo busca colarse en nuestro silencio.
"¡Payasa! ¡Payasa! ¡Payasa" reían y tiraban de la cadena. 
Otra voz, ella la escuchaba como desde el fondo de un pozo, interviene, esta vez a su favor. "¡Déjenla en paz!" 
Una niña rubia como de 15 años la saca del pozo donde se había metido. Salvándola de los ojos, oídos, manos y voces que todo lo juzgan.
"Mientras estes conmigo no te van a molestar, las manadas sólo atacan a lobitas solitarias. Lo vi en Discovery Channel". 
Desde ese día serían como hermanas. 
"No te preocupes. Será nuestro secreto" ojos verdes se posaron en sus heridas. "Mi nombre es..."

domingo, 22 de enero de 2017

Día 6: Villano.

No recuerdo cual fue la palabra o la oración que al salir de su boca ejerció sobre mí el poder de cadenas. Fue algo mínimo, tal vez, un gesto o una intención.
Recuerdo que me veía como la representación de lo malo de su rebaño. Yo era la prueba de su fracaso.
Desde el púlpito vomita discursos que se me clavaron como estacas. Yo era la infiel con la osadía de cuestionarlo, desde mi crítica inocencia, la cual sería quebrantada.
Un día, después de misa, me llamó para tomarme una confesión. Estaba con problemas en el colegio, mi madre insistió. La idea de salvar mi alma a cualquier costo fue la excusa para condenarme.
Cuando cerró la puerta cayó la máscara y me cayó la ficha muy tarde.
No creía ni en dios ni en el diablo pero éste hombre santo me hizo cambiar de idea sobre, al menos, uno de los dos.
Giró la llave y se abrió la herida que jamás podría cerrar. Era una sombra a mis espaldas, alimentándose de mi horror. Mis gritos rebotaron por las paredes de piedra como puñetazos.
Bramaba sobre salvarme y la espuma le chorrea la boca como a un perro salvaje.
Cuando la sangre y la leche se confundieron en mis piernas, el vino sacramental y las hostias, la náusea anidó en mi pecho, de donde nunca más salió.
- ¡El exorcismo fue un éxito! ¡Aleluya!
No terminé de salir de mi confusión al verme constreñida de pies y manos a las patas de un catre. Mi madre parecía tan satisfecha y agradecida. En ese momento supe que nadie nunca creería mis palabras.
Había sido desvirgada por dios.

Día 5: Corazón.

Palabras como todo, todos, amor, muerte, vida, destrucción, final... resuenan en su mente como abstracciones, reverberan en sus neuronas como ladrillos fundacionales de la experiencia y el sentido de las cosas.
Cosa, palabra tan amplia, no dice nada y pretende abarcarlo todo. Soñé, varias veces, bajar las escaleras y encontrar la sala inundada de cosas informes, disolviéndose, hasta el sinsentido unas en otras.
Como si las cosas fueran una sola, sin bordes, amenazantes, al punto de engullirme para que sea otro grumo de la masa incierta que es el mundo.
De la pesadilla, despierto con sobresalto pero sin poder mover un músculo, casi me convenzo que la pesadilla cobra vida, soy una fibra en el corazón batiente del ser.
Otra mentira del ego: si existo todo gira a mi alrededor. 
Despacio vuelvo en mí, me incorporo empapada en mis miedos. Quizá, esto es sueño y aquella pesadilla la realidad. Quizás, ahora duermo y los conceptos que elaboré de las cosas y el mundo son mentiras y recursos generados por el sueño para no perder la cordura.
Quizás, los bordes, los límites, las fronteras son nociones que nos protegen de la incertidumbre de lo absoluto.
Me estremecí, sobrecogida por el universo, opresivo sobre mí, por la infinitud de lo desconocido, por lo limitado de mi entendimiento.
Diminuta, imperceptible. Más palabras, más mentiras. 
Entonces, era yo un grano en el culo del mundo.

domingo, 7 de febrero de 2016

Día #4: Huesos.

La vida pasa como ráfaga, quien olvide ésto está condenado a una existencia superflua. Atrapado en la rutina asfixiante, trabajando para satisfacer anhelos inventados, corriendo por la vida como gallina sin cabeza, en un intento vano por cumplir horarios y caprichos.

Hay quienes buscan librarse del velo de Maya y se alejan del mundo, se internan en un bosque, escalan una montaña, se encierran en un cuarto a escuchar el zumbido de sus neuronas.

Cualquier camino que nos conduzca a la sabiduría o al conocimiento de uno mismo es loable. Encontrar espíritus afines con quienes debatir e intercambiar puntos de vista es hermoso. Nosotros nos encontramos por la casualidad de haber nacido en la misma época y en el mismo pueblo.

Nos juntamos en el cementerio, donde erigen monumentos a la vanidad humana, altares inmensos para venerar a los muertos, necrópolis donde hacen orgías los gusanos. El recuerdo constante de la muerte nos empuja a disfrutar mejor del instante, del simple placer de existir y ser jóvenes, de cuestionarnos todo, de buscar y sentirnos parte del absoluto. Sabernos simples manifestaciones del ser.

En aquél panteón invocamos lo dionisíaco, nos buscamos en el fondo de tantos vasos. Hicimos el amor y también la muerte, logramos que se manifestara la vida sobre nuestros huesos. Antes del último encuentro en el osario, cuando ya no podamos salir. 

Eramos dos o tres, silencio, canción y muerte. Bebiendo la vida gota a gota. Mirándola entre lápidas de nombres desdibujados. El tiempo estancado en la voracidad del momento. Observo mi reflejo en el cristal del ataúd de una tumba. Me imaginaba muriendo una y otra vez. De mil maneras distintas en todos los cuerpos posibles y edades. Sentí vértigo. Nos miramos a los ojos y parecía ver el infinito. Infinito caer de un abismo a otro abismo. Me dolían los huesos de correr sobre todos los huesos. Como si no hubiera descanso posible. No, no hay descansa en paz hasta que se haga silencio sobre cada criatura que respira y sueña. 

Escuché que susurrabas al oído un poema pero salía de mi boca para entrar de nuevo en tu cabeza: Yo ya no soy yo ni mi casa es ya mi casa.

Me dio vértigo de nuevo. Te empujé para escupir alcoholes en tu boca que resbalaban de nuevo a la mía y no había límite de cuerpos y pieles eran dos o tres pero eramos uno. 

viernes, 5 de febrero de 2016

Día #3: Dientes.

Se acerca el final. El tan esperado desenlace. Algunos, los de conciencia intranquila, lo llaman día del juicio. Yo no creo en la moral acomodaticia de los humanos. No existe quien pueda juzgarme ni quien entienda mi suplicio y mi absoluta necesidad de retribución.

Estoy cansada de huir como alimaña, de esconderme, de siempre dar la otra mejilla. Harta de ser la culpable de los crímenes que se cometieron en mi contra.

Anoche soñé con una muchedumbre, pude reconocer algunos rostros, quedé fría e inmóvil. Me arrastraron por el pueblo, me gritaban y escupían, incluso los niños.
"¡Puta! ¡Bruja! ¡Asesina!" sonó el grito colectivo. "¡Bestia!"

Cuando llegamos a la plaza, al lado de la iglesia, comenzaron los golpes, patadas y puñetazos. No se detuvieron hasta arrancarme el último diente. Éstos brillaban en el charco de sangre negra.
A la distancia pude reconocer a mi madre, vestida de negro, ataviada con un manto aún más negro, se deshacía en llanto.

La multitud me exhortó: "¡Arrepiéntete y tu alma descansará en paz! ¡Arrepiéntete! ¡Arrodíllate y pide perdón!"

Habían dispuesto una hoguera en el centro de la plaza. Rogué que me soltaran: "¡No necesito ayuda!"
Salté sobre las llamas y el mundo entero se hizo infierno. Aquel gentío se retorcía en un mar de fuego. Yo sonreía porque el calor abrazó mi cuerpo sin herirme. Ya nada ni nadie volvería a lastimarme.

Nunca me sentí tan libre.

jueves, 4 de febrero de 2016

Día #2: Ceniza.

Las historias están pero no queda nadie que las recuerde o las quiera divulgar. Ahora la gente prefiere olvidar, a riesgo de permanecer empantanados en el eterno devenir pasado.

Los narradores prefieren deleitarnos con fabulaciones tan distanciadas de los hechos que llamarlas "Historia" es un acto de fe. Digo esto a modo de advertencia, no deberían creer en mis palabras ni en mis figuraciones.

Aquel pueblo se transformó en cenizas, no por la perversión de sus habitantes, si no, más bien por haber permitido la existencia de una persona excepcional con poderes sobrehumanos. Una aberración por donde se vea.

Una persona sin alma y con apetitos caóticos, con deseos destructivos, una persona de impulsos inestables. Desde pequeña fue signada por lo trágico, no recibió el amor de los mortales y, aunque alguien hubiese intentado quererla, no podría escapar a su sino: destruir incluso aquello que ama.

Era el tipo de persona que pasa desapercibida, casi invisible en la multitud. Pero en silencio se le fueron clavando las raicillas del odio en su corazón.

Anhelaba enterrar sus recuerdos, planeó la muerte de todo aquel que pudiera recordar. No sólo la muerte, la tortura y el tormento de quienes alimentaron el monstruo que dormía en su pecho.  Fue besada por el diablo y un buen día devolvió el favor.

Un buen día se cansó, un buen día explotó y nosotros estábamos adentro. Fuimos el fuego que prendió la mecha de nuestra aniquilación.

Así nos volvimos memorias que se disipan como niebla cuando sale el sol, nos volvimos ceniza que lleva el viento y no queda quien nos recuerde. Incluso nosotros nos hemos olvidado.